Un tren para unas prisas

El otro día fui a Málaga en el Ave, que es el mejor modo de viajar a Málaga, y a todos los sitios donde el presupuesto y la voluntad política han llevado este formidable pájaro ferroviario. Desde niño me ha fascinado el tren y mantengo la fijación infantil, me encanta desplazarme en estos ingenios mecánicos, tan distintos de los trenes de hace unas décadas. Del Ave se alaba mucho la velocidad, la rapidez con que se llega de un sitio a otro. Por llevar la contraria, quizá sea lo que a mí me menos me atrae del cacharro. Entiéndase, no querría viajar en uno de los lentos trenes de mi infancia, pero es tan confortable este tren de alta velocidad, que el trayecto se me hace corto. En dos horas y media fui de Madrid a Málaga, pues bien, no me hubiera importado que la excursión hubiera durado una hora más. Al cabo, no se me había perdido nada en Málaga, nada que no pudiera esperar un rato, para disfrutar del camino, que ya nos dijeron Kavafis y otros sabios de la métrica y la metáfora que es lo que importa. Y siendo tan grato el camino, ¿por qué hemos de apresurar la llegada a la meta, en la que no nos espera a nadie para colgarnos una medalla? Bueno, pues así y todo, soy un raro, porque la gente se pierde por llegar diez minutos antes, por ganarle tiempo al tiempo.

Antiguamente, en los trenes se hablaba mucho, y un trayecto largo daba para escuchar varias historias, que con un poco de maña narrativa podían ser el germen de una novela. Por desdicha, eso se ha perdido, los móviles y las tabletas han acabado con la conversación, y ya no puede uno hacer un amigo en un viaje, o conocer la fabulosa historia de un compañero de asiento, o pegar la hebra con una hermosa muchacha. Ahora es todo monólogo interior. Aun así, yo, junto con el móvil (compañero fiel hasta que la muerte nos separe) llevo una libreta en la que anoto ideas, y, sobre todo, ocurrencias, que con algo de suerte me permitirán completar varios artículos. No les digo más que este que leen, magro de ideas, lo fui alumbrando en el recorrido Madrid- Málaga del otro día. Por cierto, la estación del Ave de Málaga lleva el nombre de la filósofa veleña María Zambrano, en lo que no deja de ser una paradoja metafísica, ya que a la Zambrano podemos considerarla la más preclara representante del pensamiento lento, de tan lento, místico; y misticismo y lentitud es justo lo que no tiene el Ave.

En los trenes de antaño, la diferencia entre viajar en primera y en segunda era abismal, incluso en un tiempo todavía más remoto hubo vagones de tercera, pero esos no llegué a conocerlos. Cuentan que Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical, notabilísimo demagogo, que en tres ocasiones llegó a presidir el consejo de ministros en la Segunda República, cuando viajaba de Barcelona a Madrid, lo hacía, naturalmente, en primera, pero poco antes de llegar a la estación de Madrid se desplazaba a los vagones de tercera. En el Ave las clases se han diluido y la diferencia entre turista y preferente es nimia, salvo que el viaje se haga en los primeros trenes de la mañana, porque entonces la clase preferente la copan los inversionistas con su jerigonza voceada a todo tren, en una especie de simulacro de la bolsa, que te hace suspirar por el vagón del silencio.

En los años ochenta, cuando yo estudiaba periodismo en la Complutense viajaba en el expreso Costa del Sol, que salía de Málaga a las nueve de la noche y llegaba a Atocha a las nueve de la mañana. El convoy se componía de departamentos de ocho plazas, cerrados, donde te encontrabas a tipos pintorescos, entrañables unos, odiosos otros, con los que había que echar aquellas doce horas. Monjas, legionarios, rotarios, golfillos, caballeros serios, señoras atildadas, melenudos, minifalderas, calvos, vendedores de crecepelo, adolescentes y viejos eran personajes corrientes en aquellas travesías ferroviarias que hoy se antojan prehistóricas. Yo mismo era una figura extravagante de aquel insólito teatro sobre rieles.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.