¡Qué premio! Me lo perdí

George Dickie argumentaba que “una obra de arte es todo aquel artefacto o artificio hecho, al que una o varias personas que actúan en nombre de cierta institución social (el mundo del arte) le confieren el estatuto de candidato a la apreciación”. Son ellas, en definitiva, las que le dedican una interpretación filosófica o crítica para, independientemente de su supuesta índole artística, convertirlo en arte.

No es nada nuevo porque me dirán que alguien tiene que hacer ese trabajo, alguien tiene que proclamar que el arte no es más que lo que se dice que es. Y si no hay esa justificación, pues al cubo de la basura o al cementerio del olvido.

Así es como la francesa Orlan, que se pasa la vida sometiéndose a cirugía plástica, obtuvo un rotundo éxito, además de causar un gran escándalo, con la performance que protagonizó en la FIAC de París de 1977, cuando portando un torso femenino de cartón como si fuese una máquina tragaperras, esperaba el momento en que un afortunado/a introdujese una moneda de cinco francos en la ranura para ofrecerle un beso boca a boca y lengua a lengua.  Algunos hasta se quejaban de que, ya puestos, tendría que haber más, mucho más.

Si estuviésemos entre los que dictaminan en representación de ese mundillo, la conclusión a la que llegaríamos es que en tal performance se plantea, simplificando el mensaje, una denuncia sobre la manipulación del cuerpo reducido a objeto y sujeto de transacción, el desprecio a la condición femenina y también al arte contemporáneo, por ser asuntos de compra y venta.

Quizá haya otras formas de enfocarlo y plasmarlo, pero, reconozcámoslo, no tan ingeniosas y variopintas, tan lúdicas y veleidosas. ¿Qué no es más que una pose y llamada de atención que será relegada? Bueno, una más.  Recuerdo que alguien habló de que, en la historia del arte, el comodín sexual por lo general se utiliza principalmente como un arma. Vale, pero que no dispare.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)