Nunca estuve en París

Coincido con Vila Matas en que París no se acaba nunca. ¿Cómo había de terminarse lo que nunca empieza? No hay turista que llegue por primera vez a París: cuando aterrizas lo haces cargando con el peso de una leyenda. Eso suele suceder también con otras ciudades, pero en el caso de París el bosque de la literatura apenas nos deja ver los árboles de las avenidas, el hierro de la gran torre o el agua turbia del Sena. La primera vez que llegué a París iba borracho de libros y afanoso de sensaciones; las colmé con creces, porque París es una ciudad que da más de lo que uno imagina. Después, he regresado media docena de veces, más viejo cada vez, y más cansado, menos dotado para la imaginación y más docto en escepticismo, pero hace tiempo que comprendí que París no se me acabaría nunca, porque nunca llegaré a entender la razón última de su hechizo. El fundamento de esa mirada enamorada que desafía el tiempo está más en mí que en la propia capital francesa. Con todo, rechazo la impostura de decir que la última vez me fascinó tanto como la primera, porque eso me recuerda a quienes afirman que treinta años después viven una relación amorosa tan apasionadamente como en los primeros días del romance.

No hay columnista que merezca ese título que no busque la originalidad. También yo detesto los caminos trillados y, sin embargo, confieso que no sé escapar de estos cuando escribo sobre París, quizá porque la ciudad del Sena sea un tópico a prueba de escritor cínico. Es obvio que París poco tendrá ya del que en la época de entreguerras pisaban Hemingway y Miller, Picasso y Chagall; dudo que tampoco ese fuera ni sombra del de la Exposición Universal de finales del XIX, la que vio levantarse el amasijo de hierros de monsieur Eiffel; tampoco era ya el del Segundo Imperio, el de Napoleón III, con ese señor Haussman que se inventó una geografía urbana, y con la emperatriz Eugenia de Montijo convertida en flor de copla, etc. En fin, todo esto lo ha contado muy bien Woody Allen en Midnight in Paris.

París ya no es el que era, cada vez es menos París, porque es imposible luchar con la sombra heroica del pasado, que abulta tanto que cada vez deja menos espacio al presente. Y, sin embargo, ¿dónde encontrar más París que en París? Soñaba cuando era más joven con conquistar París, como esos artistas del hambre que llegaban a la capital de los escaparates con una mano delante y otra detrás, sin más beca que su talento, sin más gloria que la que era capaz de acuñar su fantasía. Hubiera querido ser quizá un exiliado del otro lado del telón, alguien con apellido Cioran, Ionesco o Kundera. Ahora me conformo con ser un turista ligeramente burgués, un tipo al que se le resiste la letra pequeña de los planos, pero al que no se le escapa la silueta de ningún modelo de piedra o de mármol. Envidié a mi amigo Luis Miguel Úbeda, que estuvo allí casi una década como corresponsal de Radio Nacional de España, aunque estoy convencido de que París está hecha más para el trato esporádico que para la convivencia cotidiana, que es mejor amante que cónyuge, porque, ¿cómo dar categoría de sex-symbol a la mujer o al hombre con quien te acuestas todas las noches, cómo mitificar el sitio dónde compras el pan a diario? La última vez que estuve en París fue en diciembre del 22, preparando un reportaje sobre Picasso para Informe Semanal. Estuve con mis queridos compañeros Juan Antonio Barroso, Juana Martín y María Varela. En ese viaje conocí a la entrañable Mary-Tahra Homman. Vuelves de París y en seguida es como si no hubieras estado nunca. Te despiertas y ya solo te queda el recuerdo de una vaga ensoñación.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.