No son rajaduras de un apendicitis

Miles de digresiones chorrearon y se masturbaron en su momento sobre los espectadores y lectores a propósito de las nueve seriesespacialistas”. Es como si hubiesen disfrutado del desvirgamiento de una monja antes de haberla lacerado, rasgado o perforado.

Pero el descubrimiento del artista Otto Pine deja un tanto tocado a todo ese discurso folletinesco cuando reveló que el nuevo concepto espacial era fruto de un instante de rabia y frustración de Lucio Fontana ante el lienzo –menos mal que no había nadie de por medio-, al cual le dio un tajo tan profundo que lo despedazó, como consecuencia de su bloqueo creativo.

Afortunadamente no destiló sangre, con lo que constituyó el principio de una nueva idea que, según los especialistas al uso, retoma formulaciones del futurismo. No voy a descubrir nada nuevo sobre la impecabilidad de técnica y obras de este artista, pero sí de mi inocencia y curiosidad de mirón al acercarme en su día a las hendiduras y querer ver a través de ellas los retablos de éxtasis o el despliegue del paraíso utópico prometidos.

Pues no fue así, porque mi equivocación fue no tener en cuenta lo que los expertos diagnosticaban como la evocación de unas heridas rituales o incluso el sexo femenino. El propio Lucio, para no ser menos, hablaba de una ilusión óptica del vacío, la nada o la inmensidad del espacio.

No obstante, lo que si debe quedar claro después de tanta facundia retórica es que la génesis ha sido el puro azar, azar que ha implicado instituir la fuente estética de una concepción que se basa en la aventura de rasgar, apuñalar, acuchillar, abrir, hender y presentar, al fin, como trofeo un espacio amortajado y contaminado de miles de dudas.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)