La pasión según Mateo

La erótica de los premios es una obviedad, no solo para los galardonados, que es natural que se pongan cachondos con el fallo del jurado, sino también para los que gozamos con las palabras enredadas en el baile de las ficciones, ese carnaval perpetuo que es la literatura. A mí se me subió la alegría a la cabeza tan pronto como conocí que Luis Mateo Díez era el Cervantes 2023, no porque lo haya leído mucho, sino justo por lo contrario, porque apenas lo he leído, porque tengo pendiente la inmensidad de su obra; aun así, sé que es un gran escritor: esas cosas se saben.

El martes, tan pronto como llegué a casa, fui a mi biblioteca y saqué El expediente del náufrago, un libro que por alguna causa que ahora no recuerdo dejé a medio leer. Ni que decir tiene que la novela de Mateo desplazó de inmediato al libro que tenía en la mesilla de noche y me colé en sus páginas con un apetito rayano en la glotonería. Por cierto que el ministro de Cultura, Miguel Iceta, lo ha debido de leer menos que yo, dado que incluso confundió el apellido: Díaz por Diez, dijo; claro que, peor fue lo del premiado, que comentó: “Me ha llamado este señor ministro que no sé quién es”. Estén seguros de que el nombre del ministro se borrará de la memoria pública mucho antes que el del escritor.

Luis Mateo Díez es un señor muy serio y muy antiguo, un verdadero caballero andante de las letras, que confesaba en su comparecencia ante la prensa, amén de que desconocía el nombre del ministro, que en la adolescencia vendió su alma al diablo de la ficción, porque entendió que la vida se le quedaba corta. Mateo es un premio Cervantes cervantino, como ha habido otros quevedescos: Cela, Umbral… El leonés incidió en que “he tenido la suerte de ser considerado un escritor cervantino. Mi gran referente es don Quijote, el héroe del fracaso, que vive para la compasión y en el sentido de la derrota”. Con delicadeza advirtió: “Con ochenta años te das cuenta de que el cuerpo pesa. ¿Levantarse por la mañana? No quiero desanimar a nadie, pero no hay desgracia mayor que hacerse viejo”. La generación de los 80, la de la Transición, produjo una eclosión de novelistas leoneses: Merino, Llamazares, Trapiello, Pereira, Mateo… La biografía de este último es oscura y municipal, como el archivo del ayuntamiento madrileño entre cuyos papeles se ha ganado la vida o, más que oscura, gris. Ha creado un reino literario, el de Celama, al modo en que Juan Rulfo creó Comala; García Márquez, Macondo; Benet, Región; Gabriel Miró, Oleza; Onetti, Santamaría, o Faulkner, Yoknapatawpha.

En La fuente de la edad, la novela con la que en 1986 irrumpió como un meteorito en el mundo literario, Luis Mateo cuenta una rocambolesca historia de caballeros andantes, los integrantes de una pintoresca cofradía, dados a las libaciones y a las borracheras, que una noche comienzan una disparatada aventura en busca de una mítica fuente de aguas virtuosas. Esta peripecia guarda similitudes con un acontecimiento que se vive desde hace noventa y cinco años en la ciudad de León. Se trata de la procesión de san Genarín, que cada Semana Santa recorre el barrio húmedo leonés, el de las copas. El tal Genarín fue un borrachín de la ciudad, doctorado en todo tipo de golferías, que el Jueves Santo de 1929 murió atropellado por el camión de la basura mientras hacía sus necesidades en plena calle. Desde entonces adquirió la categoría de santo pagano y como tal se le festeja entre tragos, en una fiesta de la amistad y la ebriedad.

Mateo, que tiene apellido de evangelista literario, es lo más parecido que tenemos a un escritor invisible, que se hace soluble en sus novelas; es académico de la RAE y atesora importantes premios, pero su presencia pública es mínima. De sus palabras del martes, después de conocer el premio Cervantes, me quedo con una frase que es una advertencia de quien sabe más por viejo que por escritor: “Seamos sinceros, la vida es incómoda, muy incómoda, que nadie se engañe, pero merece la pena. Y la felicidad no existe”. Pero existe la alegría de leer a Mateo. Lo corroboro después de acabar El expediente del náufrago, lectura feliz, que les recomiendo.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.