La ignorancia y la estupidez castigan y expulsan

Lenin no tenía ni idea ni tiempo para el arte (a pesar de ser vecino en Zurich del tinglado dadaísta durante una época), para él solamente era un medio propagandístico, agitador, divulgativo y didáctico. No obstante, al principio de la Revolución de Octubre no impuso ninguna restricción a la libertad artística, eso vino después.

Así fue como un día, ya pasados los inicios del nuevo periodo histórico, Lunacharsky, el comisario para la educación y cultura soviéticas, le preguntó a su líder, entre temblores y recelos, si a los artistas de “izquierda” se les permitiría exponer en la Plaza Roja de Moscú con motivo de unas fiestas. La respuesta fue sumamente elocuente para lo que vendría luego: “no soy un experto en eso; no quiero imponer mi gusto a los demás”. De este modo lo cuenta Ehrenburg en sus Memorias cuarenta años más tarde.  Sin embargo, Khruschev lo desmintió, por si acaso, en un discurso pronunciado contra el arte abstracto en 1963.

Pero a continuación aconteció la lucha contra Bogdanov y su izquierdismo, y las cosas cambiaron, de tal manera que esta acusación se hizo extensiva incluso –mayor absurdo, imposible- a cuatro estudiantes de la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú, que fueron expulsados por sus preferencias por las obras de Cézanne, Van Gogh y Matisse. ¡Cómo se puede ser tan estúpido! Es más, hasta los pintores abstractos fueron clasificados como miembros del ala izquierda.

Consiguientemente, no puede haber perdón ante tanta imbecilidad, especialmente cuando a la postre tales desafueros significaron la salida a Occidente de sus mejores artistas. Muy lamentable y más si tenemos en cuenta que Stalin, el padrecito, no había llegado todavía.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)