La guerra

Como quiera que pareciese que cada cierto tiempo las sociedades necesitaran que suenen tambores de guerra y dado que el mundo fue y será una porquería en el 510 y en el 2024 también, en domingos desaboríos como este me da por pensar que quizás no sea una hipótesis descartable la de que el globo explote y la tierra empiece a arder a lo grande alguna tarde de esta década, de forma que el incendio nos pille a todos. Como ya no hay guerra fría que temple los mapas, ni disuasión nuclear, ni amenaza de destrucción mutua asegurada que frene los impulsos inflamados, el asunto está en ver por dónde podría empezar la furia bélica.

Hasta hace unos años yo suponía que de darse una Tercera Guerra Mundial, el teatro de operaciones pasaría de Europa a Asia, del Atlántico al Pacífico. Era una esperanza pobre y un poco miserable, pero era un alivio, se ponga uno lo estupendo que quiera. Se me antojaba que el choque más probable era el de China con Estados Unidos, con todo lo que cogiera por en medio, pero resulta que la vieja Europa reclama su inquietante disponibilidad para que sea en este terreno de juego donde se desarrolle la gran conflagración, algo así como la Champions bélica. En Ucrania y Gaza se disputan las semifinales de lo que podría ser, esperemos que no, una gran orgía de sangre.

Las guerras las carga el diablo, y lo malo es que una vez que se ha lanzado el primer pepinazo no hay forma de retroceder. Si echamos la vista atrás un siglo veremos que la Europa tranquila y optimista que había salido del XIX con los mejores augurios, por una suerte de mala suerte diplomática se vio envuelta en el fuego y el horror. Aquella batalla fue la primera parte de lo que veinte años después culminó en la Segunda Guerra Mundial. A partir de ahí Europa se reinventó, se implantó el estado de bienestar y todo parecía indicar que el antiguo fantasma bélico había desaparecido del continente. Ahora leemos con inquietud que Europa se rearma, y no hay que ser un lince para saber qué significa eso; la prepotencia de Rusia no deja de crecer, el espantajo bélico es el famoso elefante en la habitación, Oriente Medio es una masacre y un polvorín y, por si faltaran ingredientes, la vuelta de Trump a la Casa Blanca se dibuja como un posibilidad muy real. El atrabiliario Donald viene anunciando que tiene la intención de ir retirándose de Europa de modo que seamos los europeos los que arreglemos nuestros problemas. Esto explica que Europa se rearme, si quieres la paz, prepárate para la guerra, etc. Si Estados Unidos mira para otro lado y la OTAN debilita las defensas puede ser la oportunidad para que un Putin altivo y desquiciado, bulímico de gloria histórica, tenga la tentación der pisar donde no debe.

Quizá sea solo una mala racha, pensemos que los gobernantes que tenemos y los que podrían venir son producto de una coyuntura desdichada, confiemos en que Marine Le Pen no llegue al Eliseo, ni los ultras alemanes pisen moqueta, demos una oportunidad demoscópica al anciano Biden, incluso, por ser optimistas, soñemos que un infarto acabe con la vida de Putin, ese subproducto de la Historia… Ojalá se refuercen las democracias y no continúe su descrédito al extremo de lo sucedido en los años 30 del siglo pasado. Frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad, reclamaba Gramsci. Por lo demás, tal vez todo esto sea producto de mi imaginación un tanto afiebrada. Un mal domingo lo tiene cualquiera.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.