La abstracción geométrica y la panacea universal

Si tal como afirma Hans L.C. Jaffé, inspirado en Flaubert, “la abstracción geométrica procede completamente, de una parte, del espíritu matemático, y, de otra, del espíritu musical” (el que no lo tenga va de culo), no es menos cierto que su tendencia es a ser un arte racionalista e idealista. Es decir, aquel consistente en hacer visible la musicalidad y la vena cientificista del nuevo lenguaje plástico a través de la vertical oponiéndose en ángulo recto a la horizontal con los tres colores primarios completados por los tres no primarios.

Con ello se llega ya a la armonía y utopía universales, en las que la intervención del artista no sólo es mínima, es que no cuenta para nada. Vamos, que es un milagro –no sé llamarlo de otra forma- para la nueva conciencia gnóstica de la época, tan necesitada de estas iluminaciones.

Por consiguiente, estamos ante una ley, un lenguaje, unas bases matemáticas y una realidad virgen y permanente. Y todo bajo el fundamento de una fe puritana que haga factible esa mística visión del mundo.

Afortunadamente, la sintaxis de esta gramática visual sigue vigente, pero evolucionando con otras condiciones más esenciales, como son las de la libertad, la imaginación, el sentimiento, la creatividad, sustentadas primordialmente en la personal formulación del artista, que siempre estuvo presente –diga lo que diga el padre o la madre superiora- a pesar de haberlo querido enterrar –solamente de palabra, claro- sin ninguna culpa.

Su mala prensa (muy inferior a la buena, lo cual hay que reconocer) fraguó en aquella famosa pregunta: ¿Es el arte abstracto un academicismo? Y su contestación: No, excepto la abstracción fría –geométrica- que incluso puede enseñarse en forma de recetas en una Academia.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)