Hay que verle el trasero al arte

Se habla, se escribe, se polemiza y se debate sobre el pasado, el presente y el futuro del arte. El hacerlo a través de teorías, tratados, tesis, ensayos y análisis se ha convertido en un relato que se quiere presentar como apasionante, aunque en el fondo sean auténticos pestiños adobados con legitimaciones culturales tan laureadas que ni cuerpos suficientes hay para llevarlas encima.

Y, claro, las obras de arte, que son las que cuentan y hablan por sí mismas, quedan en el olvido por ser consideradas al fin y al cabo peatones  sin acera, habitantes de subterráneos y suburbios sin más luz que las que ellas desprenden. Su rostro es como el de aquel enfermo que había ido adquiriendo, cada día más, aquella profunda expresión de asco, luego se había metido en la cama por un período largo y después había muerto (La Montaña Mágica de Thomas Mann).

Ahora ya no se trata de que el arte nos conmocione por el enigma, la incertidumbre, el misterio, la inquietud, la sensibilidad, la denuncia, el ingenio, el aura, que se unen a la nostalgia y la melancolía. En resumen, por su creatividad. No, eso ya es historia del pasado, lo que en este momento está de moda (sic) es el arte que el tonto del culo del espectador mayoritario no entiende, tal como lo formulan unas supuestas obras erigidas como gigantescos bloques de chocolate (de la artista conceptual Janine Antoni) o  golosinas o cajas, pinchos, etc.

Si anteriormente se trataba de que las experiencias en el campo artístico fuesen impredecibles, expresivas, excepcionales, significativas, prodigiosas y extraordinarias, hoy se emboscan en lo hermético, banal, relativo, ambiguo –en su peor acepción-, impenetrable, ridículo, inescrutable, bajo la excusa de valores sociales, políticos, filosóficos, etc. 

pastedGraphic.pngIncluso lo grotesco, lo esperpéntico, lo cruel, lo brutal, la estética de urinario, son situados en el limbo de la marginación de una élite que especula con una sociedad que se supone que se siente atraída por actos creativos no basados en el arte de valor sino en el culto del espejo como lente visionario y el concepto como limpiador de cristales. Piensan que la amalgama de elementos de la tradición y de la contemporaneidad es el trasero metafísico de un ángel sin pelos en los genitales.

Lo cierto es que, tal como expone Michael Brenson, una gran pintura (una gran obra, sea la que sea) es una extraordinaria concentración y orquestación de impulsos e informaciones artísticas, filosóficas, religiosas, psicológicas, sociales y políticas.

Y Rafols Casamada, nuestro insigne pintor, apela a Klee cuando manifiesta que el verdadero arte es una lucha constante para acercarnos un poco más a lo que él llamaba el centro de la creación, distinto para cada uno, según su concepto.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)