Hablas demasiado

La crítica de arte no tiene un futuro muy definido si es que tiene reservado alguno. Desde su inicial existencia siempre se topó con una resistencia que se resumió en la observación que hizo Mallarmé en su día:

“Un crítico es alguien que se mete en lo que no le importa”.

Bien es verdad que esa actitud de desconfianza es porque en el fondo se huye del análisis para guardarse a sí mismo de la verdad concreta o a causa de que el autor es incapaz de reconocer que ya no es necesaria la definición, la limitación o la comprensión o precisión, sino que únicamente basta con la orientación y eso si se puede.

Pues es que además el arte, para complicarlo más, no es solamente arte, sino también filosofía, filología, semiología, teoría, psicoanálisis, antropología, sociología, historia, biología y todas las demás guías que se quieran añadir. Y encima de todo ello, el artista ha de ser técnico, ingeniero, físico, ideólogo, programador, literato y miles de cosas más.   

Y las prácticas artísticas se han convertido en acción, performance, video imagen, producto, instalación, pensamiento, reflexión y hasta en un fervor ideológico que sustituya a la obra, que no es ahora más que una terminología del pasado. 

Cabe, por tanto, que poco a poco el arte ya no sea un medio de concebir el mundo visualmente, sino un ente mixtificado que le da a todo y sirve para el resto.   

Tal última definición se queda corta, y que la crítica se remita a la síntesis de realidad, contexto, concepto y estilo, también. Tampoco es suficiente referirse a la problemática de técnica, forma, representación y expresión. O quizás es que, por otro lado, la labor de análisis ha de centrarse específicamente  en la exaltación de la artificiosidad, el confusionismo, la vaciedad, la banalidad, el posmodernismo, la moda, el experimentalismo y la especulación, entre otros muchos.

“El discurso del objeto es su propia definición y ser una progresión del conocimiento sobre sí mismo, y nada más”, decía Kosuth (considerado como un perfecto imbécil). Con ello estamos en vías de la deconstrucción de la deconstrucción, para lo cual la tarea crítica es un todo que se significa como nada y, por consiguiente, un pestiño absolutamente prescindible.   

Llegamos así a un vacío carente de forma y a una forma sin significación, con la que se vertebra un alegato político que atañe a la nulidad del hombre.

Las palabras de Renato Poggioli referentes a que “sólo mediante una idea de la tradición como continuo proceso de formación, como constante creación de nuevos valores, como crisol de nuevas experiencias, es como el crítico actual puede liberar a su mente no solo de los prejuicios desfavorables, sino hasta de los favorables, evitando así los equívocos del pro tanto como de los malentendidos del contra”, ya son inoperantes, y más todavía las de Paul Gauguin, al insinuar que la “crítica actual, cuando es seria, inteligente, llena de buenas intenciones, tiende a imponernos una manera de pensar y de soñar que puede llegar a ser otra forma de esclavitud”.

En resumen. Si se borran las fronteras entre arte y no arte (mis defecaciones son arte porque yo lo digo), incluso si se elimina la obra en sí o se sustituyera ppastedGraphic.pngor un discurso sobre la misma, el crítico –que es cada día más inexistente- ni siquiera queda para pastorear, únicamente para repetir literalmente lo que le señala el curador, comisario, funcionario o el político de turno. Benjamin H. D. Buchlob remata el asunto manifestando que la crítica ha perdido totalmente su función. Y que el crítico, aunque esté envuelto en el mercado del arte, no tienen ninguna influencia en él. 

Se va al traste, por tanto, aquella esperanza de Kandinsky de que llegaría un tiempo en que la crítica cifraría también su tarea, no en la búsqueda de lo negativo, lo deficiente, sino en la transmisión de lo positivo, de lo correcto. Lo cual no es posible ni siquiera sabiendo cuáles son  los motivos o cuestiones por lo que la crítica es incapaz de desarrollar en la mayoría de los casos una crítica accesible. Quizás es que la exclusiva condición necesaria  para juzgar el buen arte sea el sentido común.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)