Estoy hecho un Cristo

Siglos atrás el cristianismo reservaba la idea de belleza para el espíritu, ya que la carne era y podía ser informe o deforme y un mal necesario, pues al fin y al cabo no la constituía más que un soporte frágil y defectuoso. Y de eso ni Cristo se salvaba.

Así, por ejemplo, san Justino, el primer Padre, asegura que aquél tuvo que ser feo. Isaías no se quedó atrás y se lo imaginaba un varón con perpetuos dolores, afeado y de lamentable aspecto. Incluso algunos nestorianos confirmaban que era un jorobado – ¿vendría de ahí lo de que tocar una joroba podía dar buena suerte? -.

Es entonces cuando se asoma Orígenes y nos resume la clave: hay que dar por cierto que la belleza propiamente dicha no es propia de la carne, debido a que toda carne es de heno, es decir, fea como ella sola.

Pero las siguientes generaciones de cristianos no lo veían nada claro y no iban a dejarlo pasar, así como así. Decir que la divinidad encarnada en hombre era un ser imperfecto no era de recibo. Vale que lo presentasen ensangrentado, herido, magullado, etc., lo cual era lógico y hasta edificante, pero contrahecho o grotesco ni hablar.

Por lo tanto, tuvieron que sacarse de la manga una teoría escolástica agustiniana de la estética que todavía está vigente y según la cual la fealdad, metáfora o no metáfora, es el mal, con lo que su negrura hace más visible el bien.

Sin embargo, el siglo XX vio las cosas de otra manera, y de acuerdo con ellas, por encima de los atributos de fealdad y belleza, existían nuevas bases sobre las que formular la siguiente fisonomía del arte, lo que dio lugar a diferentes y diversas concepciones plásticas.

Y el crucificado no fue una excepción. Dado su carácter simbólico y emblemático, se convirtió en objeto de atención de grandes artistas (Saura, Bacon, Nolde, Kokoschka, etc.), cuyos presupuestos creativos partían de distintos derroteros artísticos, absolutamente contrarios a ese dogma tradicional. En algunos casos, con el resultado de grandes escándalos y nula comprensión, como los crucifijos de Ludwig Gies y Germaine Richier (el Cristo de Assy), que la iglesia condenó y hasta intentó su destrucción.

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Actualmente, ya estamos acostumbrados a que los medios audiovisuales de todo tipo, todavía hoy, muestren, con metáfora o sin metáfora, a los malos como auténticos monstruos espantosos de carne y hueso (algunos ni eso). Vamos, que no hay otra, lo bueno ha de ser bello, lo malo feo, y el que esté disconforme que vaya a la iglesia y rece. Si hasta los nazis, que eran unos santos, decidieron exterminar a los feos porque consideraban que eran unos tipos humanos degenerados.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)