¿Esta obra es buena o una solemne mierda?

Para algunos de nuestros más insignes “teóricos” es imposible el reconocimiento y valoración del arte contemporáneo sin la existencia de normas, pautas, reglas, modelos, preceptos o sistemas a los que atenerse.

Por lo tanto, los entendidos del mundillo artístico y en consecuencia los mismos espectadores carecen aparentemente de marcos de referencia válidos o simplemente se apuntan a los relativos, con los que otorgan su beatificación a aquella producción estética acorde con que creen que son los hábitos visuales de su época. Una conducta que puede entenderse en términos de recompensa – ¡Qué maravilla! – y castigo – ¡Vaya mierda! 

Dentro de este campo se mueve la tesis del filósofo británico Raymond Williams (1921-1988), que considera que no existe un solo criterio o patrón para juzgar a un artista o a una obra de arte. Lo importante es guiarse por la propia experiencia – ¿y si es poca o nula? – a la hora de determinar la relevancia del resultado de la actividad supuestamente artística.

Por su parte, el norteamericano Michael Fried (1939) recurre en su teoría a la existencia de una intuición inexplicada para conceptuar lo que podría analizarse como una condición creativa, situando su base en la experiencia de las obras de arte precedente. Lo cual sería equivalente a atribuir al arte contemporáneo parte de un conocimiento y una asimilación de la historia del arte que asocia toda obra a un tiempo histórico concreto.

Afortunadamente, el debate es mucho más rico en contenidos y da para configurar una problemática que no se detendrá en un momento concreto, sino que será una cuestión tan vigente como lo es a su vez el ritmo transformador del arte.   

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional, Española y Madrileña de Críticos de Arte (AICA/AECA/AMCA)