El Siglo de las Luces

El Siglo de las Luces fue el medio siglo que va de 1750 a 1800. Se conoce también como la Ilustración, y está definido por la confianza sin límites en el progreso y en los fundamentos de la Razón como modo de acercamiento a la realidad. El acontecimiento estelar de ese período es la Revolución Francesa. La Historia, decía Marx, sucede dos veces: la primera como tragedia, la segunda, como farsa. Pues bien, aquí tenemos el otro Siglo de las Luces, en este caso de Navidad. Aquí tenemos la farsa castiza de estas fiestas merengadas, una parodia que desde la última semana de noviembre moviliza a la gente, la hace abandonar sus casas y salir en busca de una alegría de neón. El centro de las grandes ciudades congrega a las multitudes en una deslumbrante ciclogénesis turística que podría abocar a una cierta modalidad de idiotez colectiva, sino fuera porque quizá sea la previa estulticia la que lleva a las masas a llenar las calles hasta hacerlas intransitables. No hay nada nuevo bajo el sol, ni bajo el manto de las estrellas, así que no podemos decir que esta búsqueda exacerbada del alumbrado festivo sea cosa de ayer o de hace un lustro, pero sí podemos afirmar que cada año alcanza niveles más exagerados, produciendo un cambio de las costumbres que tiene algo de cataclismo social.

Esta revolución fosforecente tiene un adalid, que es también un profeta y un príncipe del populismo municipal: Abel Caballero. El alcalde encontró el modo de revivir lo que en su día fue la Movida viguesa, pero esta vez no con los golpes bajos de la música sino con la mirada altiva al cielo urbano. Caballero ha hecho del alumbrado navideño el impulso económico y creativo de su ciudad, ha situado a Vigo en el mapa de la curiosidad internacional, que es una curiosidad banal, acorde con el espíritu de la época, pero económicamente rentable. Siguiendo su estela las demás ciudades se han apuntado al carro fantástico y ese es hoy el llamado espíritu navideño. La estrella que guió a los Reyes Magos a Belén, que está en el origen de estas fiestas, ha quedado tapada por una avalancha de millones de bombillas de colores.

Toda esta plétora urbana podría quedarse en anécdota, pero es síntoma de un achaque social. El turismo, que tiene mucho de salvación económica, es también una condena. Las ciudades están dejando de ser un sitio para vivir para transformarse en contenedores turísticos, que arrojan de sus centros a los ciudadanos para acoger a los visitantes ocasionales. Los alquileres se vuelven imposibles, porque cada vez hay menos y más caros. Los precios se multiplican, en tanto los sueldos apenas se mueven. Además, la sobreoferta de pisos turísticos hace que en los barrios más céntricos vayan desapareciendo las tiendas y los bares tradicionales, que son sustituidos por franquicias. Donde antes había una pescadería es fácil encontrar un souvenirs. El problema alcanza límites desesperados en una isla como Ibiza, donde muchas personas viven en auto-caravanas, alquilan balcones, sofás dentro de un salón, o sobreviven en un sistema de camas calientes. Otros viven en un coche y se apuntan a un gimnasio para poder ducharse. No son homeless ni bohemios, son funcionarios de sanidad o de educación, policías o guardias civiles, que en otros casos comparten piso con cuatro o cinco personas, pero a los que les resulta imposible pagar un alquiler convencional. Por mi parte, aprovecho para desearles a todos ustedes, queridos lectores, lectoras queridas, felices fiestas y próspero año 2024. Me salto un par de hojas del calendario y les espero en enero, subiendo la cuesta, arriba en mi barrio.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.