El mechero, por si acaso, lo tiro a la entrada del museo

Los museos, los percibamos así o no, son el sostén y guía de nuestra memoria y condición humana. Constituyen visiones de los signos del pasado compartido por toda la humanidad, que nos hablan de lo que a través de ellos llegamos de un modo u otro a ser en el presente.

Pero hace unos años, las ideologías totalitarias, que intentaban abarcar todas las dimensiones del ser humano, señalaban un horizonte único: el de hacer “tabula rasa” y crear un hombre nuevo. El pasado debía ser eliminado, incendiado, incinerado, tal como los nazis hacían con los cadáveres de sus víctimas.

Por lo tanto, también todo el arte que hasta ahora se había conservado debería borrarse y destruirse para dar lugar a uno inédito, apareciendo, así como una especie de iconoclasia (Marcel Schwab). Y en esa tesitura se alinean Maurice Quai, que defiende la quema del Louvre porque los museos sólo están al servicio del gusto corrupto; Camille Pisarro, con su alegato de que había que echar abajo las necrópolis del arte; Louis Edmond Duranty, partidario de usar las cerillas al servicio de un arte del futuro. A los que hay añadir los futuristas, igualmente empeñados en ello.

Hasta a alguno se le había ocurrido colocar las cenizas y el polvo originados en un anaquel de medicamentos, claro que lamentablemente sin poder clasificar. Una pena. Otra tesis es la de Jean-Pierre Raynaud al enfocarlo como un derecho a aniquilar una obra de arte si de resultas de ello creaba otra.

Sin embargo, las circunstancias y los hechos han tomado un rumbo totalmente opuesto. Hoy hay más museos que nunca y siguen edificándose más, bien es cierto que desarrollando una concepción arquitectónica que prima preferentemente la creatividad, la originalidad y la estética por encima de la función. Quieren por sí mismos ser su obra de arte.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional, Española y Madrileña de Críticos de Arte (AICA/AECA/AMCA)