Déjese de demonios. Son muy pesados

¿Un artista es un ángel o un demonio? O es posible, se pregunta Ovejero Lucas, que no le quede otra salida que comportarse como un hijo de Satanás. Reconozco que ésa es mi declinación en lo referente a la creación artística, que sea ese espejo oscuro que se halla en el fondo del hombre (Víctor Hugo).

Si para Kierkegaard las obras de la divinidad eran demasiado, y no entendía su antropomorfismo o su exterioridad, tampoco optaba –muy santurrón él- por lo que es definitorio de un arte dionisíaco, maldito, extraño, revelador, introvertido, fantasmal y sacrílego. ¿Quizás porque constituía la verdad esencial, íntima y profunda con la que no deseaba cargar?

¿Se puede, entonces, catalogar a esta última expresión artística de ser incapaz de crear una obra honesta? Oscar Wilde nos recuerda claramente que el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la da a conocer. Y tampoco, añado, con sus cualidades luciferinas, viscerales, fetichistas, amorales, si es que las tiene. De lo contrario sería un aburrimiento celestial con tantos pájaros y lirios.

Llega, por tanto, un momento en que no hay que pensar en la dirección que toma y seguirá tomando el arte (contemporáneo si así lo desean) –si es que ya no hay ni patrones ni reglas ni predicciones, en todo caso tumbas bien amuebladas-, ni siquiera sobre su supuesta bondad moral –eso es ya mucho decir-, sino centrarse y confiar en que sus constante propuestas estéticas tengan la dimensión, originalidad, creatividad, innovación y prodigio precisas, y que sean conocimiento hondo y verdadero de la esencia del mundo en la obra del artista.

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional, Española y Madrileña de Críticos de Arte (AICA/AECA/AMCA)