Dejen mi rostro en paz

Desde la Antigüedad no nos fiamos de nosotros mismos si no vemos nuestros rostros reflejados en o por cualquier medio. El artista fue el que mejor lo comprendió y el que mejor lo configuró al hacerse eco de una necesidad del pensar, humana y divina.

Al principio se limitó a copiarlos de forma naturalista y embellecedora con mayor o menor pericia y desde una predisposición a favor del personaje ya vivo o muerto. Es verdad que también existían factores técnicos que influían en los procedimientos y modos de hacer y operar, y que determinaban restricciones u obstáculos que fueron superados poco a poco.

Llegó un momento en que la objetivación del rostro rebasó su inicial función con el propósito de convertirse en un símbolo artístico y en una manera de interrogar un contexto cultural, social e histórico. Igualmente supuso una contribución esencial a la memoria, y tanto un homenaje y reconocimiento del ser humano y su papel en cada época.

Y ya a partir del siglo XX el rostro se transforma  en el sujeto particular de toda una gama de facciones no realistas por medio de saturaciones cromáticas, deformaciones, distorsiones, simbolismos, claves y nexos identificatorios, etc., hasta agotar todo el repertorio.

De este modo aparecen rostros como entes, lugares, objetos u otras cosas. O como semblantes mutilados, rasgados, divididos, fragmentados, sin órganos, soñadores, incluso consumidos, paranoides, cadavéricos o transmutados.

En el caso de otros artistas, la faz es concebida como una estructuración geométrica y facetada o bajo una disposición tensa, rígida, enmascarada, maquillada sino espontánea.

De lo que se trata en definitiva, es constituirla como un depósito de sensaciones, de ideas y pensamientos, de emociones y percepciones inconscientes o sentimientos ocultos, tal como así lo plasmaron Dalí, Giacometti, Dubuffet, Picasso, Francis Bacon o Guayasamín, entre otros.  

Gregorio Vigil-Escalera

De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)