Luis del Olmo

Cuando Marconi se despertó, Luis del Olmo ya estaba allí. Había llegado desde Ponferrada con su voz manantial que, con el tiempo, atravesaría afluentes, acantilados, cráteres y mesetas. De costa a costa venía a Madrid, rompeolas de las sintonías, con un país en su mochila de locutor de provincias. El hombre alto del Bierzo aún no lo sabía, pero estaba llamado a darle un vuelco a la radio de cabalgatas y partes, de seriales de Sautier Casaseca, discos dedicados y consultorios de Elena Francis. Aquella radio llena de encanto, fábrica de nostalgias, que había sido el Hollywood de una España en blanco y negro, esperaba su transición. En la sala de máquinas de una democracia que aún no había dejado de ser orgánica, un abulense de Cebreros se empeñaba en cuadrar el círculo de una España que se debatía entre trágica y mágica. Para entonces, en Radio Nacional hacía varios años que se escuchaba un saludo que terminaría siendo un emblema: “Buenos días, España. Les habla Luis del Olmo”.

Del Olmo no cambiaría la radio desde Madrid, sino desde Barcelona, que era el mejor vivero de locutores y programadores desde el principio de los tiempos, cuando María Sabaté, en 1924, pronunció el ábrete sésamo del medio: “La estación radiodifusora EAJ-1 de emisiones Radio Barcelona”. Sus padres le tenían preparado un futuro de ingeniero de minas, y él mismo, en la confusión de la adolescencia, no sabía lo que quería ser, ni imaginaba que existiera un oficio que consistía en hablar por un micrófono, pero cien veces que naciera nuestro hombre del Bierzo hubiera sido radiofonista. Así lo repite él en estos días de recuerdos y añoranzas, y así nos lo ha comentado al equipo de Informe Semanal que le hemos entrevistado en el Museo de la radio de Roda de Bará, que lleva su nombre, porque es una creación suya, como lo es el que tiene en Ponferrada. Durante sus primeros años en Madrid, y luego en Barcelona, condujo programas de índole variada, intervino como actor en radioteatros, y no hubo una hora del día en que no se escuchara su voz, incluso presentó un programa que se prolongaba de doce de la noche a doce del mediodía del domingo, pues su apetencia de micrófono no tenía límites. Esos primeros y fructíferos ejercicios serían sus novelas radiofónicas ejemplares que ya anunciaban los rasgos de un estilo personal, pero estaba por llegar su Quijote, y este sería Protagonistas, una marca incomparable en la radiofonía contemporánea.

Cuando Luis del Olmo impostaba la voz en los estudios en Barcelona de Radio Nacional de España, Juan Carlos Ortega y yo éramos dos niños embelesados con los ejercicios vocales del leonés, que imaginábamos que algún día de un futuro ilusorio también nosotros haríamos equilibrismo en las ondas, y, desde luego, Ortega lo ha conseguido a través de la parodia, inventándose como un Sísifo feliz una España invertebrada de los prodigios radiofónicos. Ser único en algo es una rareza, e incluso una extravagancia, y Juan Carlos es único, un extravagante saltimbanqui de la radio delicatessen. Los buenos mitómanos no olvidan a sus maestros y Del Olmo sigue formando parte de la fragua creativa de Ortega.

Una originalidad de la radio en España es que sus estrellas compiten sin inquina y con admiración recíproca, un hecho singular en un país que ha hecho de Caín y Abel su Rómulo y Remo. En la radiodifusión de las últimas décadas, la figura que le disputó los oyentes a Luis del Olmo fue Íñaki Gabilondo, ambos son dos gigantes del aire que, ya que llevo un artículo cargado de símiles y analogías, podemos calificar del Joselito y el Belmonte hertzianos.

Tener una voz singular, no confundir con bonita o fea, es condición necesaria para destacar en la radio, pero no es única, ni es la fundamental. Luis del Olmo hizo de Protagonistas una obra maestra gracias a su intuición y su olfato para imaginar desde la radio que dejaba de ser, la radio que habría de ser, y a su valentía para poner en marcha nuevas ideas y para plantar cara a los oscuros señores de los despachos. Y, por supuesto, gracias a una capacidad de trabajo admirable, que hubiera desarrollado en las minas del Bierzo, pero que ejerció desde los yacimientos radiofónicos de Barcelona.

Original en elobrero.es

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.